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Full text of "Bartolome Odicini 1854 Instruccion Popular Para Socorrer A Los Ahogados"

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Camareta 
614.88 
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INSTRUCCION POPULAR 

PARA 

SOCORRER 


a’ los 



COMPILADA Y DEDICADA 
A’ LA 


HONORABLE COMISION 

DEL 

HOSPITAL ITALIANO 

DE MONTEVIDEO, 

EN DICIEMBRE DE 1854 , 

gg. 0><£c¿ru, m. < 3 # 


NOTA. Este opusculito se vende á dos reales fuertes 
a beneficio de la obra de dicho Hospital. 

0 

0 0 


MONTEVIDEO. 
IMPRENTA LIBERAL. 







« 


INSTRUCCION POPULAR 


PARA 

SOCORRER A LOS AHOGADOS. 


1 . 

Apenas ha empezado la estación de los baños y ya tenemos 
que lamentar la pérdida de dos ciudadanos ahogados en el 
fio ! Solamente del examen del Registro del hospital de Ca- 
ndad resulta, que desde el primer caso de la estación de los 
baños del 53 hasta estos dos, que desgraciadamente estrena- 
ron la lista de los ahogados de la estación de baños del 54, son 
22 los casos de muerte por submersion ; y esto es solo 
en cuanto al Registro de ahogados, depositados en dicho es- 
tablecimiento público, sin contar tantos otros que no hemos 
podido averiguar, pero que no son menos ciertos. Lo peor es 
que generalmente los ahogados se consideran como cadáveres, 
se depositan y se entierran sin haberles prestado ninguua cla- 
se de socorro. Esto es horrible ! La medicina ha establecido 
medios ciertos en la mayoría de los casos para la salvación de 
los ahogados; y de la prontitud con que se administren esos 
auxilios depende la conservación de muchos asfixiados, y par- 
ticularmente de los ahogados en el agua. Si se pierde en la 



4 

historia del tiempo la noticia de que el Obispo de Durham 
fundó un hospicio sobre un escollo de Escocia, en que se re- 
cibían los náufragos, y se prestaban prontos y gratuitos so- 
corros á los submersos, es fácil de ser instruido por las orde- 
nanzas de Hamburgo para la salvación de los ahogados ; el 
establecimiento de Amsterdan ; los cuerpos de guardia de la 
real Sociedad Hermana de Londres; los reglamentos de Aus- 
tria, jje Ij^usia, de Polonia, de Siiecia, de Dinamarca, de Fran- 
cia ; las Consideraciones de Tozzi y las Instrucciones de 
Cangiamila en Sicilia ; las Notificaciones, los premios estable- 
cidos, las escuelas de natación, de los perros salvadores de las 
personas sumergidas de Venecia, de Florencia, de Bologna, de 
llueca* de Módenq y otras ciudades de Italia; en donde, no 
solamente se ofrecen-premios honoríficos á los que auxilien á 
los ahogados, si no que se establecen penas, considerando co- 
mo un crimen la indiferencia de cualquiera que no acuda 
pronto á prestar los ausilios debidos en presencia de una per- 
sona ahogada.... La esperiencia ha probado que muy á 
menudo los sumergidos mueren por falta de los conocimien- 
tos de aplicación tan fácil como necesaria, por parte de las 
personas que casualmente se encuentran cerca del ahogado 
eu.los primeros momentos de.la desgracia, Esta consideración 
me anima á indicar públicamente al pueblo (ya que los avisos 
particulares no bastan), los medios fáciles para socorrer á los 
ahogados,;, asegurándole para la mayor parte de los casos la 
certeza de salvarlos, especialmente si han quedado poco tiem- 
po debajo del agua. 

Es preciso que el Pueblo sepa y se persuada de que los 
asfixiados y lqs ahogados, aunque siempre parezcan verdade- 
ramente muertos, sin embargo muchas veces no lo son tan ab- 
solutamente, para no poder ser libertados de la muerte, que 
no es sino aparente, pero que abandonándoles en ese estado 
de, asfixia mueren de cierto; y mueren por no haber sido socor- 
ridos tan pronto como conviene. Luego, reflexiónese cuantos no 
se habrán tal vez podido salvar de los ahogados en este país, 
en, donde no se socorren convenientemente ! y cuantos se ha- 
brán quizá echado, entre los muertos, mientras se hallaban 
aun bajo el dominio de una vida latente y todavía capaz de 



5 

poder ser reanimada ! Yo sé que esto puede ser enigmático 
para aquella parte del Pueblo que no puede comprenderlo to- 
do; sé que, generalmente hablando, el Pueblo se persuade 
mas por el medio de los ejemplos contemporáneos y de los 
hechos que puede contaren el dia, que de las palabras, de las 
teorías, y de los milagros. A este respecto puedo citar hechos 
y ejemplos al alcance de todos, no sacados de historias y li- 
bros, sino acaecidos aquí entre nosotros, y poco tiempo hace. 
Me ceñiré á dos, para no esceder los limites de este pequeño 
trabajo. 

A principio de Marzo de 1851 me hallaba cazando en los 
alrededores de la laguna mas acá de los médanos de Carras- 
co : he visto á un niño como de 11 á 12 años desnudarse^ 
echarse al agua y tardaren aparecer mas del tiempo que lógi: 
camente puede concederse á uno que sea amante de zabullir- 
pensé que el niño sehubiese empantanarlo, acudí y no me equi- 
voqué; no perdí mas tiempo que el necesario para dejar la es- 
copeta y el morral, despojarme del' sombrero, de los pantalo- 
nes, de la casaca y de Jas botas ; me eché al agua con caute- 
la, encontré al momento las piernas del ahogado, que ya no 
hacia fuerza ni movimiento; las agarré, le suspendí y le saqué 
cargándole en brazos; le llevé a tierra y le tendí en el punto 
en que se había desnudado, que era un espacio de arena, ba- 
ñada por el sol, acostado un poco sobre el lado derecho, con 
la cabeza un poco alta, colocándole el morral por almohada ; 
le abrí la boca y le soplé en las narices, le sequé bien con su 
misma ropa, le hice fricciones con las mancas de mi casaca de 
lana por todo el cuerpo, especialmente en la región del estóma- 
go, vientre y muslos; con una varita elástica de sauce que allí 
abunda, le batí levemente debajo de la planta de los pies; y de 
este modo pude despertar el calor natural, que parecía haber- 
se estinguido en su cuerpo. Aplicado mi oido sobre su corazón 
y vientre, pude percibir algún movimiento intestinal confuso, 
pero sin respiración aparente; prendí palitos, y le hice entrar 
humo de azufre y fósforo en las narices : dió un movimiento 
como de estremecimiento ; apliqué entonces mi boca sobre 
la suya, cene sus narices, y llenando bien mis pulmones de ai- 
re le sopló unas cuantas espiraciones; empezó á mover los bra- 



<5 

zos con agitación y á respirat; repetí la prueba de soplarle en 
la boca, y lo hice con humo del cigarro; estornudó, bostezó, do- 
bló la pierna, se trajo las manos á la cabeza, abrió los ojos y 
me miró como asustado; Je eché otra bocanada de humo en la 
cara, de modo que lo inspirase; estornudó mas y vomitó bas- 
tante comida y muy poco líquido ; se quedó asi, mas atolon- 
drado que dormido, y con algunos hipos y ansias. Lo calculé 
salvado, y los latidos del corazón y del pulso me lo asegura- 
ron. Le coloqué de modo que el sol no le ofendiese directa- 
mente la cabeza, y me alejé un poco para quitarme la camisa, 
calzoncillos y medias mojadas, ponerles á secar, vestirme mo- 
mentáneamente con lo que me quedaba y observarle con aten- 
ción. No pasó un cuarto de hora que se incorporó, observando 
al rededor suyo como asustado : me vió, y le pregunté como 
se hallaba, no me contestó; quise acercarme, pero el muchacho 
se levantó de repente, tomó su ropa, y corriendo se escapó co- 
mo si tuviese miedo de mí. Poco después relaté lo ocurrido á 
un vecino de aquellas chacaras, á un portugués anciano llama- 
do Melones, y éste me dijo, que ese niño debia ser de una hon- 
rada familia de Canarios de aquel vecindario ; que él lo bus- 
caria y me sabría decir algo, pero no lo hizo, y yo no supe mas 
del niño. 

Un dia del año pasado fui avisado de que en el Cubo del 
Norte de esta Capital estaba un cadáver, como se decia, de un 
ahogado, esperando la Policía para que le llevase. Acudí 
pronto y encontré á un Señor Oriental muy conocido y mere- 
cidamente estimado en esta Ciudad y comercio, tendido sobre 
la muralla de aquel punto en calidad de muerto, recien sacado 
del rio, en que desgraciadamente se había ahogado. Al mo- 
mento pedí asilo para él á una Señora Italiana vecina de aquel 
barrio llamada Doña Pasquina De Traverso, la cual inmedia- 
tamente puso á mi disposición en beneficio des ahogado su re- 
ducido cuarto, su ropa y servicio. Le desnudé, le sequé bien 
y le hice aplicar al instante sinapismos calientes á los pies y á 
las pantorrillas ; hice practicar fricciones con cepillos y frane- 
las por todo el cuerpo, y en menos de media hora, con admira- 
eion^de los muchos asistentes, el que antes parecía yerto ca- 
dáver, en menos de media hora de trabajo, tornó caliente* 



7 


Por medio de la aplicación de mi oido sobre de su pecho pude 
sentir los latidos del corazón aun débiles, pues que no se aper- 
cibía respiración aparente. En ese momento llegó mi amigo y 
compañero D. Luis Michaelson; acordamos que convenia san- 
grarle. Abierta la vena del brazo, y apenas habiendo salido 
pocas onzas de sangre, el ahogado soltó un largo suspiro, abrió 
los ojos, me conoció, me llamó por mi nombre, y se puso á llo- 
rar.... Estaba salvo, y hubiese marchado por sí, si un Pa- 
riente suyo no le hubiera hecho llevar á casa en un catre. 

Ahora bien; sin los socorros suministrados, ¿ aquel niño 
y este Caballero no habrían perecido ? Asi, pues, son mu- ' 
chas de las muertes de personas ahogadas, por no prestárseles 
los auxilios necesarios. 



3 

2 . 

SIGNOS DE LA MUERTE VERDADERA Y DE LA 

APARENTE. 

Antes de pasar á indicar los medios de socorrer á los aho- 
gados, creo no será inútil enseñar al Pueblo cuales son ios signos 
verdadei’os de la muerte, y las cautelas necesarias para no con- 
fundir los muertos con los vivos. Está bastantemente demostra- 
do quepersonas consideradas sin vida volvieron á ella en el mo- 
mento que en calidad de muertos estaban ya depositadas en 
el cuarto de los cadáveres, en el anfiteatro anatómico, en el ca- 
jón, en el cementerio, y también en la tumban y se puede asegu- 
rar que muchas han muerto por la única causa do haberlas se- 
pultado demasiado pronto. En honor de la humanidad no se 
puede creer que estos errores dependan siempre de la incu- 
ria y de la indiferencia, sino que en ciertos casos son el efec- 
to de la dificultad que hay en distinguir la muerte aparente de 
la verdadera. Asi es que creo importantísimo el enseñar a[ 
Pueblo el valor de los signos idóneos para establecer esta dis- 
tinción, tan necesaria en el exámen de los ahogados, de que 
especialmente pretendo ocupar á mis lectores. 

Signo primero. Hay personas que creen que un indivi- 
duo está muerto por el hecho de que no respira ; y para ase- 
gurarse del ejercicio de esta función, le ponen una vela encen- 
dida debajo de las ventanas de las narices ó cerca de la boca, y 
dicen que el individuo está muerto si la llama de la vela no se 
mueve : otros hacen el esperimento de un espejo ante la boca 
y deciden que ha muerto si el vidrio no se empaña; pero estos 
signos no bastan para establecer la muerte verdadera. Apesar 
de que exista este indicio, el ahogado puede estar todavia vivo 
y en aptitud de recibir el beneficio de los socorros necesarios 
para revivir. Sepa el Pueblo que los fenómenos por los cuales 
la vida comienza, son también los últimos que existen cuando 
la vida se acaba ; es decir, que la circulación de la sangre ha 
sido la primera á aparecer en el magisterio de la vida; y tam- 
bién es la última que se ejecuta cuando esta se estingue para 
siempre : los latidos de una de las partes derechas (aurícula) 



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del corazón son los primeros movimientos que se observan en 
la vida del embrión, y son también los últimos que se distin- 
guen en el individuo moribundo. Tratándose 3e los ahogados 
tomados por la muerte aparente, esos latidos pueden ser débi- 
lísimos, ocultos, imperceptibles, pero capaces de restablecer 
el espíritu de la vida, si los socorros son idóneos y oportuna- 
mente administrados. 

Signo segundo . — Se suele considerar como signo de ver- 
dadera muerte el aspecto cadavérico de la fisonomía, de la 
qué los médicos instruidos por Hipócrates nos dan la siguien- 
te descripción, á saber: Frente arrugada y árida, ojos hundi- 
dos, nariz afilada, ceñida por un círculo de color pavonado 
obscuro, las mejillas deprimidas y retraídas, las orejas dere- 
chas, los labios colgantes, la barba arrugada y endurecida, la 
piel aplomada ó violácea, los vellos de las ventanas de la na- 
riz y de las cejas esparcidos como de un polvo blanco-amari- 
llento. Pero adviértase que este signo tomado aisladamente no 
tiene valor alguno, porque muchas veces se observa en los en- 
fermos 24 y también 48 horas antes de fallecer : y por otra 
parte, este signo falta muy á menudo en los difuntos por muer- 
te improvisa, como por ejemplo, en los ahogados. 

Signo tercero .— La morbidez, el hundimiento, la langui- 
dez, el reblandecimiento y el empañamiento de los ojos son 
tambien’considerados por un signo cierto de muerte verda- 
dera. Pero si estos signos son ciertos y constantes en la ma- 
yor parte de los casos de muerte por enfermedad, no son apli- 
cables en Ips casos de los ahogados, que tomados por una muer- 
te aparente, pueden revivir si son socorridos. 

Signo cuarto . — La imposibilidad de apercibir las palpita- 
ciones del corazón y los movimientos del pulso, lo que. indica 
la suspensión de la circulación de la sangre, han sido por un 
tiempo consideradas como un argumento decisivo de muerte; 
pero está perfectamente probado, como ya he dicho, que un 
individuo puede vivir muchas horas sin que se pueda descu- 
brir el mas mínimo movimiento del corazón y del pulso. A 
mas de que muchas veces es muy difícil el poder probar si el 
corazón y el pulso tienen ó no sus pulsaciones, tanto por ser 
estas muy débiles, cuanto porque las arterias y el corazón se 



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pueden hallar afuera de su situación normal por anomalía na- 
tural, por vicio de conformación, ó por alguna enfermedad 
que los haya desalojado, ó los desaloje. 

Signo quinto . — Es muy general la creencia de que el in- 
dividuo está muerto cuando el supuesto cadáver está frió, y 
que está vivo si el cuerpo conserva algún grado de calor; asi se 
cree generalmente, y mientras tanto no hay tal vez un signo 
mas incierto que este; y hablando especialmente de los ahoga- 
dos, que pueden ser vueltos á la vida, se hallan generalmente 
frios, muy fríos, al paso que los asfixiados por otros medios 
que no sea la sumersión en el agua, conservan caior por lar- 
go tiempo, aun después de la muerte verdadera. 

Signo sexto . — Las incisiones, las quemaduras usadas al- 
guna vez para asegurarse de la muerte de un individuo, no 
son mas que medios secundarios, que nunca pueden dar la 
certeza de muerte verdadera, aunque pueden darla de la vida 
cuando el inciso ó el quemado dé signo de sentir los dolores, 
que son consiguientes á esas medidas cruentas. 

Signo séptimo . — Uno de los signos ciertos de la muerte 
verdadera, tal vez es la rigidez cadavérica ; pero para que no 
se incurra en equivocaciones de juicio, es necesario enseñar al 
Pueblo la diferencia que hay entre la rigidez cadavérica y 
otras clases de rigidez, que pueden ser efecto de ciertos 
males aun en personas vi /as. Antes de todo, y para mayor es- 
plicacion, es necesario adviertir, que cuanto mas pronta es 
la muerte, tanto mas tarda en presentarse la rigidez cadavéri- 
ca. Examinemos las distintas clases de rigidez.* 

1? La rigidez puede ser mucha en una persona atacada 
por un frió intenso, aparentemente muerta, pero capaz de ser 
llamada á la vida,; y esta rigidez se distingue de laquees 
efecto de muerte verdadera, porque la piel, las tetillas, el 
bajo vientre y todos los demas órganos preséntanse tan duros 
como los músculos ó las carnes, lo que no ha lugar en la rigi- 
dez de la muerte verdadera, en que solamente los mqséulos ó 
carnes se hallan duros por rigidez cadavérica. 

2? Otra clase de rigidez puede hallarse en los cuer- 
pos de personas desmayadas por graves afecciones ner- 



11 

viosas, la cual muy fácilmente se distingue de la rigidez ca- 
davérica; porque cuando un miembro se halla endurecido pOr 
el efecto del espasmo, del tétano, ó de convulsiones, se le hade 
cambiar de posición con mucha dificultad, y soltándolo vuelve 
á tomar la misma á que le obliga la enfermedad ; lo que no 
sucede en la rigidez cadavérica, en que el miembro, al cual 
se le haya hecho cambiar de actitud, no vuelve al lugar que 
tenia, y conserva la posición que se le ha dado. 

3? Otra laya de rigidez es la que puede dejar la síncope 
ó el fuerte desmayo, la cual es muy distinta de laque es una 
consecuencia de la muerte verdadera. Atiéndase, que la rigi- 
dez del síncope se pronuncia al momento que empieza la en- 
fermedad, y el pecho y el vientre conservan su calor natural ; 
mientras que la rigidez cadavérica no se observa mas que al- 
gún tiempo después de la muerte, y cuando el calor natural no 
se distingue ya en ningún punto del cuerpo. 

4 ? Finalmente, hay la rigidez de los asfixiados, que tam- 
bién se distingue de la cadavérica. Supongamos que examina- 
mos á un asfixiado de doce á veinte minutos, cuyos miembros 
los hallamos endurecidos: es imposible que esta rigidez sea el 
resultado de la muerte, porque los cadáveres de los asfixiadlos 
fallecidos en pocos minutos no se endurecen sino después de al- 
gunas horas; ya que como hemos dicho, cuanto es mas pronta 
la muerte, tanto mas tardía es la aparición de la rigidez cada- 
vérica. Si el cuerpo del asfixiado por gas ó aire irrespirable ó 
por estrangulación está frió, entonces es cierto que 3a asfixia se 
ha manifestado mas de 12 horas antes, porque en esa clase de 
casos el calor 6e conserva, á lo menos, por 12 horas. De modo 
que dándose este caso no hay duda que la rigidez es cadavéri- 
ca, siendo imposible que un asfixiado viva 12 horas. 

Concluimos, pues, que todos los signos indicados, conside- 
rados aisladamente uno por uno, no bastan para decidir de la 
muerte verdadera y de la muerte aparente de un ahogado, y 
eximir á cualquiera del deber de prestarle los socorros nece. 
sarios. Pero concluimos también, que todos unidos, y tanto 
mas si están asociados á la presencia de la putrefacción d*l 
cadáver (que sin ser ciertísimo por si solo, es el signo mas cier- 



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to dé la muerte), pueden autorizarnos á creer verdaderamen- 
te muerto al ahogado, y dispensarnos de los deberes recípro- 
cos que la naturaleza y la religión imponen á todo hombre 
que no sea un desnaturalizado, un bárbaro. / 



3 


12 


* SOCORROS A LOS AHOGADOS. 


Estando probado que un individuo puede quedar por 
■mas ó menos tiempo debajo del agua sin perecer, es nece- 
sario administrar á los ahogadas (supuestos muertos^, los so- 
corros que sea posible, aunque el caso pareciese desesperado. 
Acordémonos que la mas grande esperanza del socorro con- 
siste en la prontitud del socorro mismo ; y que, como dijq 
Hunter, en un asunto de tanto interés para la humanidad, ”á 
nadie es permitido el ser perezoso.” Cualquiera tentativa, dice 
Curry, aun inútil, que hagamos para salvar la vida á un hom- 
bre, nos proporcionará siempre la mas dulce satisfacción do 
que sea susceptible el corazón humano': es decir, la satisfac- 
ción de haber cumplido bien con nuestro deber. Sépase como 
proposición general, que no se debe abandonar.al ahogado aun 
cuando sea muy cierta su muerte verdadera ; y que muchas 
veces ocho, diez y mas horas de incesante trabajo, son necesa-, 
rias ó no bastan para restablecerle la vida. En el caso de te- 
ner que socorrer á un ahogado, es peligrosa la pérdida de un 
momento : por esto es que debe empezar la cura en el mismo 
instante que se haya recogido del agua. Para trasportar el 
ahogado se le colocará en posición horizontal, con la cabeza 
un poco elevada; y si faltasen los medios do trasporte, dos 
hombres lo pueden llevar sentado sobre sus manos cruzadas, 
formando con los brazos una especie de silla : y si por casua- 
lidad un individuo solo se encontrára en la necesidad de estraer 
del agua á un ahogado, debe tomarle por debajo de los brazos 
y llevarlo asi, de modo que sean las partes inferiores del cuer- 
po las que arrasrtren, y nunca la cabeza ni él pecho. 
Aquí debo recomendar mucho y muy mucho lo absolutamen- 
te necesario que es el abstenerse de la práctica de suspenper 
á los ahogados por I09 pies : este método, usado antiguamen- 
te, y todavía hoy, por los que, sin saber el mal que hacen, lo 
practican con la idea falsa de hacer salir el agua que suponen 



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haber penetrado en el estómago , es completamente inútil y 
también peligroso. Es un eroer el creer que los abogados 
pierden la vida por una cantidad de agua que se introduce en 
sus pulmones, y los sufoca : es este un engaño pernicioso, que 
hace muchas veces cometer el desatino indicado de suspender 
á los ahogados por los pies. Con esta práctica* tan igno- 
rantecuanto perjudicial, hacen que la sangre se transpor- 
te al cerebro ; de modo, que si el ahogado no se halla com- 
pletamente muerto por el efecto de la sumersión, muere pron- 
to y apopléticamente por el resultado de esta práctica incon- 
siderada. Los inteligentes saben, y el Pueblo debe persuadir 
se de esta verdad, que en el acto que uno se ahoga, ni una go- 
ta de liquido puede penetrar por las vias de la respiración» 
por la razón de que en ese acto fatal la clausura y constricción 
de la abertura de esas vias (que es lo que anatómicamente se 
llama el glotis), es tan fuerte, que no puede ser vencida por el 
líquido, que se estanca en la boca ; y solamente después de la 
muerte, es decir, después de algunas horas es que esa abertu- 
ra permite la introducción del líquido en la cavidad del pe- 
cho. El ahogado no perece por el agua que puede tragar, si 
no que muere porque no puede respirar debajo del agua, mue- 
re, sofooado como muere un indivicTuo encerrado en una atmós- 
fera de gases irrespirables, ó que de cualquier modo se le pri- 
va de la respiración. Los incrédulos pueden hacer la prueba 
de beber agua á discreción, cuanta sea bastante para llenar 
cumplidamente la capacidad de su estómago (que de cierto 
será mucho mas de la que puede arrojar cualquier ahogado), 
y se persuadirán que por beber mucha agua uno no se 
ahoga, ni muere asfixiado, aunque pueden sobrevenir oír s 
enfermedades y males. Concluyo, pues, con decir, que la 
práctica de suspender los ahogados por los pies, en la época 
del progreso en que vivimos, no se puede llamar ya sim- 
plemente ignorante, sino absolutamente criminal. 

Primer Socorrí . — Se coloca el ahogado en un paraje se- 
co, sea sobre una cama, un colchón, un felpudo, sea sobre pas- 
to seco, ó arena etc., y se acuesta tendido sobre el lado dere- 
cho, con la cabeza un poco elevada, y la barba indinada 'so- 



15 

bre el pecho, se le abre la boca para que salga la poca canti- 
dad de agua que puede haberse estancado en las.fauces y en 
las partes posteriores de las ventanas de la nariz. Si el ahoga- 
do estuviese vestido, importa mucho el desnudarle lo mas pron- 
to posible, lo qué se hace cortando ó rompiendo la ropa. Se seca 
bien todo el cuerpo con lienzos calientes si los hay, ó bien 
con esponjas, con franelas ó con cualquiera otra cosa seca : se 
hacen fricciones por todo el cuerpo con caña, con aguardiente 
si se puede conseguir pronto, ó sino se hacen secas con cepi- 
llos, con pedazos do paño de lana, con manojos de pasto se- 
có, y si no hay otra cosa, se practican con la mano, y todos los 
demas medios que puedan ocurrir á la imaginación cou 
objeto de calentar de cualquier modo el cuerpo del socor- 
rido. No indico el fuego, porque no es fácil graduarlo 
como se debe por personas no inteligentes. El efecto que se 
espera de la práctica de estos medios caloríficos es el de de- 
terminar el curso de la sangre estancada en los pequeños 
vasos del cútis, despertar y aumentar el calor natural de la 
periferia del cuerpo, y activar el exitarniento de los nervios cu- 
táneos. el cual se transmite al encéfalo, é inmediatamente se 
comunica á los órganos internos, cuya vitalidad mueve y rea- 
nima ; á mas de que, esos medios caloríficos determinan tam- 
bién una especie de transpiración cutánea- muy benéfica en 
estos casos. Ha sido comunicándole el calor de su propio 
cuerpo que el profeta Elias ha podido reanimar y librar de la 
asfixia mortal al hijo tie la Viuda de Sarepta. (Bibl: de los Re- 
yes, lib- 3. c. 17 n. 17. 21 y 22.) 

Segundo Socorro . — Se hacen pasar debaio de la nariz al- 
gunos palitos fosfóricos encendidos, ó bien azufre ó yesca, de 
modo que el humo se introduzca y penetre en las ventanas de 
ese órgano. También se puede usar del humo del tabaco lle- 
nándose la boca, fumando, y echarlo en la nariz, ó en la boca 
del socorrido. Esta práctica tiene por objeto el irritar la mem. 
brana interior de la nariz y de la garganta, qxitarla y promo- 
ver la estornutacion, la cual daría lugar á un sacudimiento 
proficuo y á la aspiración de una columna mas ó menos 
abundante de aire en el pulmón. No indico otros medios olfa- 



16 


torios, como por ejemplo, el espíritu de sal amoniaco, por la 
razón de que en manos inespertas, podrían ser nocivos y aun 
fatales. 

Tercer Socorro . — Por medio de cuerpos livianos, como 
por ejemplo, las barbas de una pluma, una paja etc. se hacen 
algunas cosquillas dentro de la nariz, en los ángulos de los la- 
bios, en el interior de la boca, y si es posible hasta en la gar- 
ganta. Lo que se intenta con esta maniobra es de escitar el vó- 
mito á mas de la estornutacion; y el bien que se espera, es el' 
mismo que el indicado en el segundo socorro. 

Cuarto Socorro. — Se procura introducir alguna porción 
de aire en los pulmones del socorrido. Para esta operación hay 
instrumentos a propósito, pero no estando á mano, ni al alcan- 
ce del Pueblo, creo sea inútil el describirlos y nombrarlos. 
Paso á enseñar como podrá practicarlo sin esos instrumentos, 
cualquiera persona, cuya razón esté dominada mas por el espí- 
ritu de humanidad, que influida por el sentimiento de la re- 
pugnancia. Se recoge dentro de sí la porción mas grande 
posible de aire, mediante una fuerte aspiración : se aplica la 
boca sobre la del socorrido, que se tendrá entreabierta depri- 
miendo la barba con una mano, y se sopla con fuerza, cuidan- 
do de cerrar y abrir á menudo las ventanas de la nariz del 
ahogado, y al mismo tiempo comprimir leve y alternativamen- 
te el pecho y el vientre del socorrido, de modo y con el fin de 
imitar la respiración natural, ó establecerla artificial. Esta 
maniobra, según Configliachi, profesor de Pavía, que ha es- 
crito, exprofeso y bien, sobre los socorros de los ahogados, es 
el mas esencial y el mas conveniente medio para salvar los as- 
fixiados, especialmente cuando en estos ha cesado el calor ani- 
mal. Si la repugnancia es estrema, y absolutamente invenci- 
ble, se puede practicar la operación mediante la interposición 
de un lienzo hendido y aplicado de modo que se pueda intro- 
ducir libremente el aire sin que los labios del socorrido toquen 
al inmediato contacto de los del socorredor. Es probable que 
el profeta Eliséo. soplándole- asi el aire en los pulmones, y ca- 
lentándole con su propia persona, reanimó la vida del asfixia- 
do hijo deda Sunamitis. (Bib. délos Reyes. Lib.4. c.4- n.34. 35. 



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Quinto Socorro . — Se le aplica una ayuda de agua tibia 
con cuatro onzas de sal; si no la hay tibia se echa de agua 
fría con sal ó de agua del mar, ó dos tercias partes de agua 
con una tercera parte de vinagre, ó bien de agua enjabona* 
da etc. Sabemos que no siempre se tiene á mano el cristel, 
para aplicar este remedio, pero también sabemos que es muy 
fácil improvisar un instrumento que le reemplace por el mo- 
mento, mediante una caña ó un tubo hueco cualquiera atado 
á una bolsita, ó una vegiga, ó bien un pedazo de entraña de 
un animal cualquiera, y se prepara asi estemporáneamente un 
instrumento, cuyo mecanismo es muy conocido por la gente 
del Pueblo. 

Sexto Socorro — Si el ahogado empieza á dar signos de 
vida, á mas de seguir con todos los socorros indicados, se le 
administra alguna cucharadita de caña ó de vino para ensa- 
yar si puede tragar, absteniéndose cTe hacerle beber mas si 
traga con dificultad, y se aumenta la cantidad hasta darle una 
copa ordinaria, si en el primer ensayo se ve que traga con fa- 
cilidad. En seguida se le puede dar caldo, té ó mate, etc., etc. 

La aplicación de los mencionados socorros no debe ser 
interrumpida; es decir, empezando por el primero, uno detras 
del otro, débense aplicar todos sin interrupción, hasta que al 
fin todos unidos formen un conjunto de socorros, que general- 
mente es bastante para hacer volver á la vida á un ahogado, 
que no sea víctima de una muerte verdadera. Y dado el caso 
que estos socorros no fuesen suficientes para restablecer per- 
fectamente al revivido, y fuese preciso acudir á otros medios 
mas propios de la facultad médica, como sería la sangría, las 
ventosas, el emético, los cáusticos etc. etc., de todos modos bas- 
tarían para que se ganára tiempo para llamar un facultativo, 
procurándose el dulce placer de no haber descuidado ni por 
un minuto la probable existencia de una persona, y de haber 
cumplido escrupulosamente con los mas santos deberes que 
impone la humanidad y la ley de Dios. Repito que importa 
mucho el no cansarse demasiado pronto de la práctica de los 
indicados socorros ; é insisto sobre este punto porque sé que 
en la historia de los asfixiados y sumergidos hay casos de indi- 

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viduos que no dieron indicios de vida sino después de muchas 
horas de insensibilidad á la aplicación de distintos ecsitantes. 
Tampoco se debe desesperar de salvar á un ahogado por ha- 
berse que'dado mucho tiempo debajo del agua: son muchísi- 
mos los individuos que volvieron á la vida después de media 
hora de sumersión, algunos después de tres cuartos de hora. 
Frank cita casos de ahogados salvados después de seis horas 
de sumersión. Boochaave y Tissot aseguran que se ftan he- 
cho revivir ahogados después de seis horas de sumersión, y 
Morgagñi cita una carta de Langhas, publicada en Gotinga 
año de 1748, en que se afirma que un hombre recuperó pron- 
to la vida con el solo socorro del espíritu de amoniaco debajo 
de la nariz, después de haber estado sumergido en el agua du- 
rante uná media jornada!! 

Acabaré esta advertencia al Pueblo, compilado con toda 
la simplicidad posible, con la idea de que se presente arregla- 
da al entendimiento de todos los que saben leer, y los que la 
oigan leer, y con la intención de que pueda ser útil á alguno 
de los desgraciados, que por impericia, por imprudencia, ó por 
fatalidad se sumergen y se ahogan. Pido por último, me sea 
permitido exortar á todas las personas caritativas, á los reli- 
giosos, á los magistrados, á las Autoridades, al Pueblo todo á 
que quieran practicar y recomendar los medios indicados pa- 
ra socorrer á los asfixiados y á los ahogados con prontitud, 
con paciencia, con constancia, y hacer de modo que aquí 
entre nosotros ningún ahogado sea entregado al sepulcio sin 
que antes se hayan agotado todos los medios posibles para 
salvarle. 

Honorables Sres. de la Comisión del Hospital 
Italiano : 

Aceptad este pequeño trabajo que os ofrece vuestro 
compatriota